A la niña buena siempre le han dicho lo que está bien y lo que está mal, no se podía enfadar, tenía que complacer a los demás, no podía discutir y no podía alzar la voz.
Por supuesto, no podía hacer nada que pudiera molestar a nadie y tenía que estar siempre ahí, dispuesta a ayudar.
No podía decir que NO, siempre que SÍ a aquello que le propusieran y para aquello que la necesitaran.
La niña buena tenía que procurar no molestar a nadie ni decir nada que pudiera desbaratar las decisiones de los demás. En definitiva, la niña buena existía sin existir, sin dejar huella… y así facilitaba la vida a todos.
Llega un día que la niña buena se siente cansada, llena de rabia y de hastío, no puede más. En ese momento, la niña buena se da cuenta de que ha tirado la toalla demasiadas veces, de que ha dejado que muchas de sus ilusiones se fueran muriendo y que ya no sabe lo que quiere porque en su vida ha sido una marioneta de los demás.
Entonces, la niña buena empieza a decidir lo que quiere, empieza a decir que NO, le da rabia ciertas cosas y las expresa. Los demás la notan “rara”, “cambiada” y siguen actuando como hasta ahora, pero la respuesta que obtienen no es a la que estaban acostumbrados y por supuesto no les gusta el cambio.
A pesar de aguantar las críticas que son trabas al cambio de la niña buena, ella sigue con fuerza su camino. Sigue siendo buena persona,
pero ahora ya no es una niña, se ha convertido en una adulta que quiere ser feliz y ya no interpone su vida a la de los demás.
Le ha costado, sin embargo ahora ya sabe quién es y sabe que es dueña de su vida. Por fin sabe que los demás, si la quieren, estarán ahí y aceptarán de buen grado su crecimiento y, quién no esté a su lado, es que no la querían como ella se merece. Ahora ha decidido ser feliz…

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